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Lo que nunca aprendí

Sobre mis «eternos amores efímeros» y otras patologías de difícil remedio.

Para no olvidar lo que nunca quise aprender. Mira que te reías de mis «eternos amores efímeros».

«El que más pone más pierde. En el amor lo cómodo es dejarse querer. En el toreo pasa lo mismo. Pierde casi siempre el que se entrega, el que no se cansa de acudir al desafío. El torero está esperando mientras mide y se sitúa ventajosamente para cada lance. Al torero le basta con mantener en el contrario la ilusión de embestir. Sabe que cada vez que cite va a tener la respuesta de la arrancada ciega y noble. En el amor la muleta es como la amapola de la pasión. Querer o dejarse querer. El que caza a la espera siempre cobra pieza. El que la busca a salto de mata, raras veces la encuentra. No siempre en el juego divino del amor la respuesta tiene la misma medida. Eso es lo soñado y lo ideal: Adelantarse a los sentimientos de la pareja y sorprenderla con la ilusión cumplida. En el apasionante coqueteo de la aventura que marca el nacimiento de un romance hay siempre una hermosa estrategia de adelantar o retrasar los besos. Si el primer beso llega en el momento justo de una espera compartida, ya está abierta esa puerta a la esperanza de un amor razonablemente duradero. Si uno de los dos juega con ventaja el otro irá siempre a merced del camino que quiera marcarle la cabeza dominante. En el toreo y en el amor lo malo es perder los papeles. Y quien pierde los papeles siempre es quien pone más corazón que cabeza».