en Las chicas son guerreras, Salamanca y otras charradas, Toros y taurinos

Andrés Román Martín, conductor de furgoneta

A petición de los lectores, procedemos a publicar el artículo de Carmen Esteban publicado hoy en La Gaceta de Salamanca.

EL MOMENTO MÁS MALO JAMÁS CONTADO

Tomatóxica perdida, tengo por costumbre, cada vez que ese bicho sale a hombros, esperarle en la puerta grande a pie de costalero, expuesta a todo. A que más de un salido te toque el tras, vuele la cartera de acertado picotazo al bolso, te pisen los pies, recibas un codazo intercostal de un cachas o la policía te meta con la porra. Por experiencia, sé que ese momento para un hombre es tan paranormal, que, aunque te mire desde arriba, no te vea. No pasa nada: a la furgoneta se ha dicho, y allí me plante en primera fila mientras el torero era colocado a pulso en el asiento, con una maestría verdaderamente excepcional. Cerrado aquel vehículo como un cofre que guardara un tesoro fabuloso, los cristales ahumados, me lié a pegar con los nudillos en la ventanilla del copiloto y no le pegué un coscorrón con la cabeza de milagro. Allí, instalado, iba el sieso de Andrés, hermano del torero y mozo de espadas, un mediocre con peligro, que se negaba en rotundo a bajar siquiera un palmo del cristal para que yo siquiera pudiera rozar al ídolo.

Se me saltaron las lágrimas, como se me están saltando ahora al escribir, y me sentí como una imbécil que estaba siendo vacilada por unos tipos a los que no veía. Al ver mis lágrimas, dos, que duelen más que tres, pero menos que una, José Tomás, me imagino que haciendo el esfuerzo del siglo, quizás dolorido tras la voltereta diaria, se incorporó desde la fila de atrás y fue él mismo quien le dio a la manivela y bajó el cristal. Metí el brazo en aquella gusanera, intenciones me dieron de pegarle un guantazo al mozo espás, pero pasé, mientras le tendía la mano al mejor torero que yo he visto, que me la besó con cariño estrujándomela en su boca como si se tratara de una flor de cinco pétalos.

¿Se ha enterado Salamanca el por qué lloré? Queda aclarado que no por las faenas antológicas vista, ni por andar ida, sino porque me sentí despreciada por un mindundi natural de Galapagar, que sería él precisamente el que tendría que besar por donde yo piso. Que te vayan dando por donde amargan los pepinos, Andrés Román Martín, julai, que me hiciste pasar el peor rato de mi vida, con las cámaras de televisión de testigo, mongolo, que te equivocas, pues yo no soy la niñata que va taurineando moviendo el culo por los hoteles. ¡A mi edad! Si no hacía ni cuando estaba en sazón, bobo los cojones, y media ciudad te puede informar de como fueron mis veinticinco años, chalao. En tu descargo, pido al lector que comprenda tu torpe reacción, pues debe resultar muy duro para un hombre ser el criado de su propio hermano. ¿Estamos o no estamos?

Buf, que mal rollo me está entrando. Bien Fundi, que eres un tío de los pies a la cabeza, que tienes a tu gran partidario José Luis Suaréz-Guanes, toreando de salón tras verte la otra tarde. Al hilo del pitón del texto, me gustaría destacar un fenómeno que se produjo esa misma tarde en La Glorieta y del que los taurinos deberían tomar buena nota. Me refiero a ese tópico -peste de Fiesta de tópicos- que dicen que cuando se anuncia un torero, no del colorín colorado, no va la gente a la plaza. Sí, ya sé, la gente la trajo José Tomás, pero luego ante tu oficio y buenas manera, querido José Pedro Prados, la afición te sacó a hombros y ayer mañana se hablaba en los mentideros muy bien de ti. Qué lastima de espectáculo que se permite el lujo de tener arrinconado a lo más válido, tíos que por lo menos pueden con el toro, y pasear por España a cuatro mamarrachos que no arriesgan un alamar.