en A flor de piel, Salamanca y otras charradas, Toros y taurinos

Don Esbelto y la mano aterida

Conocí tarde a Alberto Estella, para mi era «Don Esbelto, el de La Gaceta», pero nos queremos con respeto y en la distancia de manera especial, no sólo por los amigos comunes, sino por la imagen de un brindis con agua que ninguno olvidaremos.

Si algo tengo que destacar es su sentido de la justicia en todos los ámbitos de la vida. Por eso, una sensibilidad como la suya no podía dejar escapar el incidente de la furgoneta de José Tomás, el suceso de la feria

Una de las mejores plumas de este país -todo el mundo sabe que cualquier día le despachan una letra con asiento en la Real Academia- se destapa hoy en La Gaceta con esto:

Lágrimas de mujer
Alberto Estella

ESTABA allí, entre la multitud,desconsolada, huérfana, buscando inútilmente una simple mirada cómplice, con suerte un fugaz contacto con la piel de su ídolo, quizás un beso. Pero una urna de acero y cristal la separaba terca, desoladoramente,de su amigo del alma, de quien había tenido el gesto de presentar su libro de Manolete, junto al golfo de Sabina.

Mas allá de los cristales José Tomás, que acababa de dictar otra lección de senequismo, belleza y torería. Aquella barahúnda que rodeaba el coche del diestro y su cuadrilla, compuesta de aficionados, cámaras, logreros, curiosos, trincones, paletos y aficionados, le impedía desde luego besar, acariciar,incluso compartir una mirada con elmito, “el quinto evangelista del toreo”,el portento en cuyas manos quedabanaún pelos y sangre de las tres orejas de unos bravos toros serranos, ganadas a ley en una reaparición formidable.

La angustia se apoderaba de quien sabe que en algún herbazal de la piel de toro está pastando la res brava que se puede llevar por delante al de Galapagar —Dios no lo consienta—, en Nimes o Barcelona, porque “la vida es una cosa emífera”, como sentenció otro de los evangelistas, Belmonte, y Carmen Esteban recuerda en la primera página de su libro “Lupe, el sino de Manolete”.

Minutos antes el astifino pitón derecho de un toro del Pilar, de Pilar y Moisés —qué enormes ganaderos—, había intentado engancharle por la mandíbula inferior y arrancarle la cabeza. Como su admirado Manolete, José Tomás parece ir a lo que el gran Gerardo Diego, en su adiós al monstruo cordobés, llamó “la muerte imán”. La guardia pretoriana del diestro le impedía acercarse, contradiciendo torpemente a Cervantes, que era del parecer, “y la experiencia lo enseña,/ que ablandarán una peña,/ lágrimas de una mujer”.

Pero cuando mayor era el desconsuelo y el coche ya arrancaba, se obró el milagro. Una vaga intuición, acaso la fuerza desconocida de la vieja amistad, esa sintonía que tan pocas veces se produce entre dos seres humanos —no quiero llamarle química—, el recuerdo de tantas intimidades, hizo que el torero exhausto y convaleciente, dolorido por el esfuerzo de su muslo partido en Linares, y zamarreado sobre los hombros del costalero, en lugar de urgir al conductor ¡al hotel!, volviese su mirada hacia la ventanilla del vehículo, donde permanecía la Esteban desolada, con dos lagrimones y un rostro que le pedía —sirviéndose de Moreto—, “piedad, piedad a mi llanto/socorre esta triste nave”.

El torero bajó la ventanilla para socorrer a Carmen Esteban y su corazón al galope, que no se hundiera su pobre barquilla en aquel océano de desconsuelo y aflicción. Y se produjo uno de esos momentos hermosos e indescriptibles, que ella nos relató ayer en esta páginas, en su espacio —tan diferente, tan poco académico, tan atrayente—,“La Puré de Merimé” : “Metí el brazo en aquella gusanera… mientras le tendía la mano al mejor torero que yo he visto, que me la besó con cariño estrujándomela en su boca como si fuera un clavel reventón”.

¡Olé!, contengo mi emoción y te meto las palmas, timbalera. Mientras se producía esa prodigiosa, entrañable escena, yo sacaba el bolsillo y tiraba un arrugado papel escrito a mano, que hace años me dejó en la tertulia un crítico ya muerto, menospreciando injusta, ácidamente, el toreo de José Tomás. En aquella “tarde de gozos y escalofríos”, como la ha llamado Gonzalo Santonja en una magistral crónica para “El Mundo”, había triunfado el gozo. Como sin duda triunfó en tu corazón, Carmen, aquel besazo de José Tomás estrujando tu mano aterida.