en Media, Periodistas

Un día con Juan Pablo Meneses

Estuve en su charla hace ya año y medio, pero no en el taller. Enrique me ha prestado el libro de Juan Pablo Meneses -lo del apellido y el gusto por este oficio es fruto de la casualidad-.

Me han llamado atención algunos pasajes y consejos:

Rápidamente nos daremos cuenta: se necesitan los mismos elementos para asaltar un banco que para escribir una pieza de periodismo narrativo.

Hay que tener claro que el cronista no es un ser venido desde Marte, por mucho que Bradbury haya popularizado sus “Crónicas marcianas”. Desde siempre, y tal como ya lo dijo Tom Wolfe, el periodismo es un oficio. Y se aprende ejercitándolo.

Nunca es fácil salir de una historia. Ni en las relaciones de parejas, ni en el reporteo de una crónica. Cuando uno se involucra, nunca deja completamente un tema. Y el cronista, a diferencia del reportero o del novelista, debe involucrarse: meter los pies en el barro, las manos en la masa, y la cabeza en la boca del león.

Todo lo planificado puede cambiar en una esquina, y el que no tenga cintura para las eventualidades, debe comenzar a ejercitarse hoy mismo.

Las historias no llegan cuando uno quiere, pero siempre aparecen si uno espera.

Hace mucho rato que la tecnología se transformó en un formidable tema del cual escribir. Con el avance tecnológico, llegó la enceguecida carrera por tener la última novedad en un planeta que se acelera sin pausa. Los propios cronistas, cada vez contamos con má elementos digitales para nuestro trabajo. Grabadoras de audio, filmadoras, cámaras de fotos. Todos elementos que podemos subir a nuestros blogs, mandar por emails, o archivar en nuestras laptops. Escribir de la revolución tecnológica es seguir los pasos de quienes el siglo pasado escribieron de las revoluciones latinoamericanas las revoluciones estudiantiles europeas. En diez años la tecnología es capaz de cambiar varias veces nuestra vida.

En la medida que le damos normalidad a lo excéntrico, vamos limpiando la historia de amarillismos, despejamos el polvo de las emociones.

También su moraleja final: no te dediques a esto, no seas freelance ni de coña. Pero si lo eres, serás bienvenido a medias; es un mundo individualista. Aún así, suena tentador.