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De dinastía

Como me gusta mucho sacar punta a los programas de mano, cuando uno me agrada justo es destacarlo. El del Villarejo de Salvanés del sábado pasado, además de un cuidado diseño, contenía este texto:

«DE DINASTÍA. Nacer en el seno de lo que se conoce como familia torera, no tiene la verdad, ningún mérito. Como tampoco lo tiene ser hijo de millonario o simplemente hijo de puta. Lo importante es llorar para después mamar con avidez. De esto estuve convencido hasta los nueve o diez años. Ignorando como unido a las ansias nutricias se succionan muchas más cosas que la simple leche materna.

Porque mi padre tras su retirada de los toros, construyó en un arrabal de su Alicante natal la pequeña plaza de toros en la cual nos crió. Convertida en escuela taurina y cine de verano, determinó la frontera circular de mi infancia. Y allí crecí, respirando el contaminadísimo ambiente que los sumerios tauromáquicos de mi padre procuraban.

Todo discurría bajo la presencia del toro, en este caso eran vacas, pero lo mismo da. Lo cierto es que, si se jugaba un partido de fútbol, el animal debía tutelar… Tutelar y repartir leña por un tubo, pues ahí residía la gracia del asunto. También las apuestas, alardes, y retos acababan inexorablemente enfrentádonos a las dificultades y siempre torva intenciones de aquel ganado con el cual mi padre abastecía su negocio.

De esta manera, jugando y sin darle importancia al entorno, fui aprendiendo sin conciencia de todo ello lo concerniente al toreo: Suertes, técnicas, recursos, liturgia, y sobre todo la ciencia de los terrenos y querencias del animal. Y no era para menos con aquellas vacas que de tan toreadas y corridas eran capaces de examinar, y catear, no sólo a los alumnos, sino incluso… ¡Al mismísimo maestro!

Cuento esto porque en cada dinastía, se ha vivido el toreo de una forma, cada casa tenía unas reglas, su orden, y su concepción del toreo. Se era de José o de Juan; de Ortega o de Marcial; de Manolete o de Pepe Luis; de Dominguín o de Bienvenida; incluso de Ordóñez… Pero en ellas había una esencia común: la estricta observancia del clasicismo y el rito. De estas familias podrían salir toreros mejores o peores, con más o menos gracia, y con sobrada o escasa técnica… ¡Pero siempre TOREROS! Jamás un «papa frita».

Tenían algo de conventual, de templo budista. Sólo se exigía para acceder  la devoción a la saga, y la renuncia al resto de las escuelas. Si eras de Pepe Luis, obvio es decir que: «Renunciabas a Luis Miguel, a sus pompas, y a sus obras, y te entregabas al sevillano, y su tauromaquia para siempre. ¡Amén!».

Parece una tontería, pero este sentimiento de «conmigo o contra mi», libraba al panorama de indefiniciones; de toreros a mitad de camino entre este o aquel; de clones clonados del clon de fulano. Y hacía más rotunda la personalidad y las diferencias entre la torería del momento.

Como una Florencia renacentista la sociedad del toro estaba constituida en familias. Castas que reclutaban en toro suyo toda una legión de leales, sobre todo eso, lealtad a las tradiciones y costumbres de la casa. Y desde estas, cada una a su manera, se velaba por el respeto a los eternos y profundos valores del código caballeresco. Se aliaban o se odiaban, se unían o se perseguían, según oscuros intereses políticos, que también en el toro los ha habido y habrá. Pero eran en definitiva la candente dinámica de la sociedad. De su pugna de intereses y de la fuerza en cada momento de la casa dominante dependía el destno y futuro de la ciudad… Como sabemos, nunca Florencia gozó de mayor esplendor y brío, que el vivido en esta violenta y fructífera época de ilustres condotieros.

En fin, no sé si será bueno o no para el momento actual la pérdida de fe en las dinastías toreras, y con ello la advocación a cada escuela… No sé. Pero falta le está haciendo a este sumiso panorama la vesánica dinámica de otros tiempo, de aquella Florencia que el toreo cuando yo llegué a él.»

Luis Francisco Esplá. Matador de toros