en América Latina existe, Bolivia cambia, PTlife

De Sucre a Cochabamba, descubriendo un pueblo por los caminos

Me faltaba por contaros lo mejor del viaje a Bolivia, aunque en principio se presentaba como lo peor… Las enseñanzas y descubrimientos de este viaje son lo más «relatable» a los amigos.

Un habitante encontrado en el viajeLlegué a Bolivia el día 13 de diciembre, desde Buenos Aires a Santa Cruz. Tras una breve toma de contacto, a la mañana siguiente, día 14 salimos para Sucre, donde estaba la «zona caliente» y nos interesaba especialmente todo lo que allí pasase. Nuestra intención era volver al día siguiente, sábado e ir el lunes a La Paz con «el del ágora«. La falta de tecnología y los caprichos meteorológicos nos depararon a modo de sorpresa una estancia de dos noches más en un hotel antológico, preciosista, colonial y acogedor.

Resulta que la torre de control de Sucre carece de rádar o elemento similar capaz de hacer que los aviones aterricen en el lugar al efecto cuando llueve. Así que deja de haber conexión, así, sin más. La alternativa sería un montón de aviones aterrizando al buen tun-tún en lomas adyacentes.

En la mañana del domingo, decidimos que ya estaba bien de tanto esperar. Los pronósticos auguraban la misma suerte hasta el viernes… En la sala de Internet conocimos al que después sería nuestro «angel de la guarda», Ramiro. Hoy es comentador de este blog y amigo en la distancia, así como esclarecedor de todo tipo de dudas en las que hace gala de un alto nivel de erudición. Hasta entonces sólo era el «señor de PIL». Para vuestra información os cuento que PIL es algo así como aquí Leche Pascual.

Lo vimos salir por la mañana, con su mochila al hombro, contó que se iba por tierra. Y aunque en principio nos pareció descabellado, tras un par de llamadas (Sebastián con un teléfono en la mano es lo más parecido a Doraemon y su bolsa de deseos) vimos que lo mejor era seguir su ejemplo.

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La vuelta a Santa Cruz por tierra no era posible, los «movimientos sociales» tenían la ciudad incomunicada por carretera. Lo más seguro era ir a Cochabamba y desde ahí intentar tomar un avión. Tratamos de apuntarnos al pasaje y Ramiro abogó por nosotros. Finalmente el viaje, incluido coche, alquiler y gasofa sería 500 dólares. A nuestro benefactor la pareció justo poner 250$ y nosotros dos 100$ por ambos. El resto corrió a cargo de los dos compañeros de la fila central de asientos: Ernesto y Fukuda.Pronto emprendimos rumbo a Cochabamba. Para no pecar de locos consultamos al conductor por la ruta: «Es medio peligrosa, pero tranquilos, la hice ya una vez». ¡Menudo alivio! Nos esperaban cuatrocientos kilómetros de los que cuarenta eran de asfalto y el doble de empedrado -como nuestras calzadas romanas-. Nos sentíamos afortunados porque el resto eran una pista, así, sin más, de tierra, pero con señalización cada cierto tiempo y peajes. Ni una sola ruta, aún siendo estatal nos libraba de ir pagando en los puestos de control de salida de los poblados.

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Ernesto y nuestro amigo japonés son arquitectos, se dedican a hacer proyectos de rehabilitación y cooperación en el país, pero lo hacen de manera tangible. Desde Japón pronto se dieron cuenta que el dinero que enviaban como ayuda no siempre tenía reflejo en la realidad. Entonces decidieron que lo mejor era hacer infraestructuras para el uso y disfrute de los bolivianos. Fukuda apenas habló, sólo para dejar patente que conocía España: «Estuve en el 82, cuando el Mundial. Ganó Italia. Además, antes decía ‘gracccias’ -recreándose en el sonido de la c que damos en la península- y vivía por Atocha». Eso fue casi todo. Después supimos que vive en Perú, casado con una peruana, ¿o era al revés?

Habitantes del caminoTras la primera parada, nuestro amigo oriental con arsenal de cervezas puso su computadora cerebral en modo «ahorro de energía» y sólo daba caladas al cigarro en las paradas. De hecho, una vez casi nos lo dejamos en tierra. De formación arquitecto y pelo ensortijado, Ernesto conocía bien Sucre, allí estudió: «Cuando llegué era bien santo, aquí me endiablaron». Ernesto había trabajado con Manfred, del que tenía un buen concepto, y nos contó sus experiencias en la Costa del Sol española para aprender a rehabilitar pueblos y tomar ideas urbanísticas. Tal y como anda Marbella y alrededores miedo me da.

Nuestra ruta iba primero camino de Aiquile, un lugar cuyo nombre os suene por el terremoto que lo dejó hecho trizas, y después a Totora, sede inicial del arzobispado. Hasta Puente Arce teníamos asfalto, aunque constantemente invadido por piedras que se desprendían de las montañas. El camino se hizo excavando la ladera de la montaña, así que, con los desprendimientos la montaña iba recuperando lo que algún día fue suyo.

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El primer río que pasamos fue Came, todavía parecido a un lodazal, al convertirse en Río Grande. A partir de Santa Cruz se llama Río Madera. Cada poco tiempo pasábamos de terreno de pizarra a tierra de arcillas con sauces llorones de troncos encorvados, al rato eucaliptos aromáticos y vuelta a empezar, a cada revuelta en el camino el paisaje nos deparaba una nueva sorpresa.

Los peores terrenos, sin lugar a dudas, eran los de pizarra, con sus lascas y los desprendimientos de la montaña hacían de la ruta un perpetua zig zag. Sinceramente, creo que si llego a conducir, y mirad que me gusta mucho hacerlo, habría chocado con más de una piedra, pero nuestro audaz conductor las esquivaba con plausible audacia.

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Nos entreteníamos con historietas. Me hablaron de una película sobre Evo, «Cocalero». No he tenido oportunidad de verla, aunque quisiera. Pero me enteré de qué era el palosanto, un tipo de madera y también una tortura para los que no se levantaban de la cama a tiempo para votar.

Me hablaron del escaso éxito de los planes de plantaciones alternativos a la coca en el chapara. Daba muy bien el plátano, la naranja y el palmito, pero… ¡no tenían cadena para comercializarlo! Las cosechas se echaban a perder y así era imposible que las familias dejasen esta forma de ganarse la vida.

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Ramiro ayudaba a manejar al conductor el limpiaparabrisas, un asunto menor. La gente se veía aparecer por los caminos, incluso niños, sin saber muy bien de dónde salían o hacia donde iban. Un tipo daba golpes contra un palo para hacer un cuero útil de la piel de una serpiente. Parecía como si el tiempo no existiese en estos lugares.El susto llegó cuando menos lo esperábamos. Sonó como hueco, como un golpe seco, no era la peor parte del camino, pero rajó la rueda derecha delantera. Un buen tajo que se llevaba la cámara por delante. Teníamos de recambio y se puso con diligencia, pero ya, en cierto modo, estábamos vendidos. Si nos volvía a ocurrir no teníamos como llegar a nuestro destino. Urgía encontrar un llantero en el primer poblado.

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De sitio en sitio preguntábamos con esperanza, pero o no estaba, o nadie contestaba en el lugar. Junto al camino, nos marcaba el rumbo el gaseoducto vecino con su cartel repetitivo «Peligro gas explosivo». Después un cartel nos daba la bienvenida a Zamora y yo me acordaba de la «otra Zamora», la de la calle de los Herreros y las vueltas a casa de pared en pared con parada en algún portal.

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Seguíamos sin suerte, sin un lugar que nos arreglase nuestro rueda hecha un guiñapo. Un indígena trató de ayudarnos, acompañado de su bolsita de coca intercambió opiniones con Ernesto, el primero le hablaba de la radio oficial, el segundo: «Bueno, nos vamos, otro día seguimos con la conversación». Pero aquí, ‘hasta los gatos quieren zapatos’, vamos que todo el mundo habla de política. Nuestro encuentro en el camino seguía relatando las bondades del presidente. Ernesto le dio una respuesta a la que sólo supo asentir: «Los quechua habeis perdido, los aymara sí que ganan».

El gomero con los críosPor fin dimos, con cierta inquietud latente pero bien disimulada, con Aiquile y un gomero. Se quedó con la goma al tiempo que nos instó a comprar una cámara del 16″. Tienda tras tienda, varios kilómetros más allá y nada, que no había de nuestro tamaño. Vuelta al puesto del gomero, con sus niños ejerciendo de aprendices del oficio. Se lo explicamos al buen amigo y se le encendió la bombilla cuando casi estábamos decididos a poner un tamaño menor. Bueno, menos Fukuda, que en lugar de votar, fumaba o no sé si ya contaba con arsenal de cervezas. De pronto nos dijo nuestro «salvador»: «Tengo una cámara del 16″ pero de camioneta. Tiene el pico largo». Nos miramos unos a otros y quisimos apretar su cuello al concluir la explicación: «No hay problema, salvo que hace feo». Nosotros queríamos llegar al destino. La estética para mejor ocasión.

Cuarenta pesitos costó nuestra tranquilidad… Me hice con agua, palomitas de maíz y esos gusanitos naranjas con supuesto sabor a queso que tanto me gustan. La señora me dijo un precio y después me dio las vueltas como quiso. No era cuestión de discutir por dos pesos. Máxime cuando una señora enfrente limpiaba de piojos la cabeza de preadolescente.

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Nuestros compañeros comían pollo al espido con arroz y patatas. Una vez terminada reparada la rueda emprendíamos ruta a Cochabamba pasando antes por Totora. Alguna que otra cabezadita amenizó nuestro viaje, junto con adelantamiento de las motos que participaron en una carrera de motos.

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Las carreteras de empedrado eran motivo de orgullo, de cuando en cuando un cartel de propaganda recordaba el consabido «Evo cumple».

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TotoraNuevamente lluvia y niebla, pero mejor humor, cada hora de curvas y revueltas era una menos para alcanzar la meta. Tocaba parada en Totora, ciudad de tejas rojas, dentista cerrado por motivos sanitarios y cuesta arriba. Los puestecitos de las mujeres eran similares unos a otros, mejor ir al primero. Mis deseos: Coca Cola Light y galletitas (saladas, of course). Me endosó la de dos litros, con todo su azúcar y ya se sabe, son lentejas. Bien, pero lo mejor fue el precio: «7, bueeeno, 8». Le doy diez y me devuelve un peso. Me pongo en plan pasivo, que piensen que soy gilipollas.

El resto del tiempo lo matamos con el misterio de los aviones venezolanos, los planes de alfabetización y el «yo sí puedo» que le inculcan a los chavales para que se superen, de los bonos «juancito pinto».

Dijimos adiós a San Benito, capital del durazno, ya eran las 20:30h. Casi en Cochabamba y de noche, un sms desde internet, al menos recuperamos la cobertura… Tenía razón Sebastián, qué cerca parecía la ciudad al ver las lucecitas y qué lejos estábamos aún. El deseo echar pie a tierra se multiplicada por minuto.

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A medida que Ramiro decía qué eran las salteñas mi estómago notaba un hueco, también recuerdo la historia de Wistu piku, un sitio popular de comida rica. «Don Richar» llamaba al chófer para ver cómo iba todo y quedé sorprendida de su docilidad, un as del volante, seguro como nunca vi, casi bajaba la cabeza para hablar por teléfono. Incluso se nos disculpó en la despedida por la demora.En Cochabamba nos esperaba Sushi para Sebas, noodles para mi, cama, y como no, ¡wifi! Me sentí un poco Labordeta…