Mi abuela María, en su infancia, tenía un gorrión amaestrado. Lo llevaba posado en el hombro por el pueblo. Ya no sé si es una historia que me contó o me lo estoy inventando. A su manera nos ha enseñado a los nietos a querer a los animalillos. Aunque no quiero olvidarme de la cantidad de veces que nos perdíamos Barrio Sésamo al volver del cole por el miedo insuperable a los perros que siempre tuvo abuelo Carmelo.

Desde que eres pequeño te enseña cuáles tienen corbatín y cuáles no. Si van a criar o cómo les van las cosas.

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Me acuerdo muchos días de estas enseñanzas naïf cuando me acosan en busca de patatas fritas.

Pd.: Fany tuvo una época dedicada a la ganadería de lagartijas.