en Así no, Libros, letras y sueños de papel, Toros y taurinos

Presidente destituido

No me sé bien la historia pero confío más en el presidente que en los taurinos. Todavía recuerdo la que se armó con el toro que se dejó vivo José Tomás. ¡Como si el presidente tuviese culpa de que pasaba el tiempo! En el caso de Sevilla, aún siendo ignorante, me parece una medida exagerada destituir a alguien que está defendido al otro profesional de la fiesta, al de pasar por taquilla.

Si el espectáculo se da y a mitad del mismo se suspende los toreros cobran como si matasen toda la corrida. Al aficionado no le devuelven el importe de la entrada. Esa es la gran diferencia.

Me vino a la mente este pasaje de un libro de Joaquín Vidal, «El Toreo es Grandeza» (altamente recomendable para los no iniciados y deleite para el paladar de los que chanelan):

«Si fuera droga no suscitaría mayores locuras. A veces llega a nevar durante la feria de Valdemorillo. Un año caía una nevada copiosa desde el mediodía y la afición estaba segura de se suspendería la corrida. En el ruedo y los tendidos había cuajado la nieve, que ya tenía un grosor de centímetro o más. En el patio de cuadrillas hubo fuertes discusiones entre la autoridad y las cuadrillas. La autoridad, cargadísima de razón, opinaba que era una temeridad dar la corrida en semejantes condiciones. Las cuadrillas dispuestas a demostrar que no estaban menos cargadas razón, opinaban que la nive no era obstáculo para el toreo.

(…)

– El problema que se está planteando aquí, señoras y señores, es la fiesta misma. ¡La fiesta es grandeza! Señores, se trata de una fiesta de hombres hechos y derechos, y con estas discusiones estamos dando el ‘espertáculo’. Todo el mundo está pendiente de esta corrida y si la suspendemos va a ser una vergüenza y un precedente de consecuencias ‘inreparables’. Señores: ¿le vamos a decir a la opinión pública que nos acobardamos por cuatro gotas que caen?

(…)

– Yo, la verdad, con este temporal no creo que se atrevan a darla.

La dieron. Sonó el clarín.

En el paseíllo se vio que todos los toreros llevaban un copete de nieve sobre la montera y dejaban nítidas huellas en la mullida albura.

(…)

La corrida se suspendió en el tercer toro, cuando ya la nieve les llegaba a los toreros por encima de los tobillo y los toros hundían en ella las pezuñas, los espolones, y lo menos un jeme de pata. El oráculo taurino laboral no había parado de refunfuñar por el callejón, haciendo aspavientos, y se acercó a donde estaba estornudando el delegado de la autoridad, para que oyese sus hirientes reproches.

(…)

Al público no se le devolvió el importe de las localidades, pues no procedía, según contempla, taxativamente, el reglamento. En cambio, y en cumplimiento del mismo texto legal, cobraron sus honorarios completos los  toreros. Seguramente era de lo que se trataba.

Ese año, los aficionados que superaron las neumonía, quedaron inmunizados para toda la vida.»