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Visita a la ESMA; para no olvidar

Fueron los momentos más duros del viaje a Argentina. Tanto que no encontré momento para postear, pero no quiero dejar de hacerlo. Hay que dejar constancia de alguna manera. Salimos de allí sin hambre, con ganas de abrazarnos y el ánimo hecho un guiñapo.

Sabía de los asesinatos y los «vuelos de la muerte» por las noticias, pero no supe de la existencia de la ESMA hasta que conocí a Juan Cabandié. Él nació allí y hasta entrado en la veintena no supo su identidad real.

Mientras estuve en Buenos Aires, cada noche, al apagar la luz de la habitación del hotel, se me hacía un agujero en el estómago. Mientras visitábamos las lúgubres estancias de un edificio con olor a rancio me rondaba en la cabeza que tarde o temprano terminaría soñando con todo aquello.

«Yuyo» Conti nos llevó, guió y cuidó durante la triste visita. Ya de camino al centro nos contaba cómo un amigo de la familia, veterinario militar, un día de vacaciones a mediados de los ochenta les habló, medio tajado por lo que no le dieron mucho crédito, de unos vuelos a los que había sido invitado. Lanzaron personas vivas al mar y no lo pudo sorportar. Dejó al poco tiempo el cuerpo militar. Este tipo de «invitaciones» servían para implicar a todos los niveles. Una manera de definirse, de aguantar, de tragar, de crear silencio, de «o conmigo o contra mi».

Este campo de concentración y exterminio funcionó entre 1976 y 1983. El centro es muy grande, pero la zona dedicada a estos nefastos menesteres, estaba concentrada en un lugar pequeño: el sótano del casino de oficiales y el último piso del mismo edificio; ya en la buhardilla.

Allí vivían 160 militares, los de más alto rango de la organización. El pacto de silencio militar se ha mantenido hasta hoy. Lo que más me duele es el caso de «los verdes», chavales de entre 15 y 18 años encargados de vigilar a los detenidos en «capucha», zona de cautiverio, y que aún siendo jóvenes, nunca han hablado de lo que hicieron o vieron. De hecho, por edad, se deduce que son los que hoy forman la elite militar del país.

Los testimonios que han ido quedando, escasos, porque sólo se salvaban algunos que creían rescatables según sus parámetros. Algunos peronistas pudieron seguir vivos y trabajar en el campo. Los querían rehabilitar. Al llegar allí muy pocos seguían vivos 72 horas después. Se les daba la bendición tras la tortura e interrogatorio y les hacían creer que les daban unas vitaminas para que se dejasen sedar. Las víctimas pensaban que serían sometidos a trabajos forzados y por eso tenían que estar fuertes. En realidad, iban a ser lanzados vivos al mar. Se dio el caso de algunos que se quisieron envenenar para morir. No era posible en la ESMA. Se les lavaba el estómago, aunque puede que horas después fuesen a morir tras arrojarlos al agua. Se cree que a otros los quemaron en las propias dependencias militares. Lo importante es que les quedase claro que allí, las víctimas no mandaban, en nada, tan siquiera, en su destino. Los militares decidían en qué momento se acababa con cada vida.

Entre los hechos más graves, o que menos me encajan, está que al llegar las hacían llamar a sus casas. Se grababa la llamada. Por teléfono les hacían saber a sus familiares que habían sido secuestrados, para el rescate tenían que aportar todas sus pertenencias. Así el ejército se quedó con casas, televisores, terrenos, negocios y bienes de las familias de los «desaparecidos». ¿Si lo que les molestaba era su idelogía por qué les quitaban también sus bienes materiales? ¿Por qué se enriquecieron con ellos? Se llegó a establecer una inmobiliaria para revender las propiedades.

Los que estuvieron un tiempo en «capucha», estuvieron en esta zona comían sin saber que se llevaban a la boca, era algo así como carne, pero alguno no quiso ni probarlo por pensar que hasta cocinaban personas. Los testimonios de cómo establecían comunicación con escasos roces y lo que significaban en su metalenguaje te reconcilian con la humanidad.

Durante 1979, tras varios testimonios, hubo una visita de los defensores de los Derechos Humanos. No sirvió de nada. Los escasos testimonios de supervivientes hablaban del ruido del ascensor, de la distribución del sitio y detalles que cambiaron sólo para engañar a la delegación mientras se torturaba en el sótano. De hecho, al enterarnos de en qué condiciones llegaron allí, te sorprende la capacidad humana y como se agudizan los sentidos para recordar y percibir detalles en los que no repararíamos normalmente.

Se estima que más de 5000 personas estuvieron en este centro. Se les numeraba del 0 al 999 y hasta cinco veces se dio esta cifra a diferentes prisioneros. Como es habitual, se «cosifica» a la víctima. Es el primer robo de los muchos a los que fueron sometidos.

Al llegar a la zona de la maternidad apenas podían seguir escuchando aberraciones y atentados contra los valores más elementales. Las embarazadas estaban hasta el séptimo mes de gestación en «capucha». Al nacimiento asistía el prefecto Febres, con un moisés se llevaba el bebé. A las madres se les hacía escribir una carta pensando que el crío iría con la familia de los progenitores. Cuando, ya es sabido, solían ser los propios torturados los que les buscaban destino.

Como periodista, me impactó la labor que allí se hizo también en lo referente a la información. En 1979 se vació el «pañol grande» -lugar en el que estaban los bienes de los detenidos: ropa, relojes y objetos de menor valor- para construir «la pecera», un lugar de trabajo para un grupo de prisioneros que tenía el aspecto general de una redacción de periódico o revista. La diferencia es que todos los miembros de la redacción tenían grilletes. Ahí estaban los que según ellos eran «salvables» y todavía podían reinsertarse en la sociedad.

Muchos de los torturadores siguen inmunes, aunque la presión social es cada vez mayor. Testimonios como el del fotógrafo Rafael Basterra resultaron gráficos. Él consiguió sacar fotos de los detenidos, pero también de los torturadores. Las tenía bajo custodia. Poco a poco confiaron en él y no registraron su zona de trabajo. Sabían que si abrían un cajón, el materíal de fotografía, al contactar con la luz, se echaba a perder. Basterra, con astucia, además de las dos copias que tenían los torturadores, se quedaba con una tercera que metía entre su material y que consiguió que saliese a la luz fuera de la ESMA. Sin su testiomonio la justicia no podría haber hecho gran cosa.

Muchos de mis amigos argentinos no han puesto un pie ahí. Lo comprendo. A mi tampoco me atraería ir al Valle de los Caídos aunque se convirtiese en un centro de rehabilitación de la memoria histórica. Aún así, recomiendo ir, conocer y guardar en la mente todo lo que podamos que aquello no se puede repetir.