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¿Por qué blogueo? por Andrew Sullivan

Andrew Sullivan ha publicado en The Atlantic un interesante ensayo explicando por qué bloguea.

En Penúltimos Días se han tomado la molestia de traducir los quince folios. La lectura es altamente recomendable tanto para los que llevamos un tiempo entre blogs como para los que se inician en este mar de opiniones y creatividad sin fin. Muestra, sin tapujos y claridad los puntos fuertes y los defectos de este formato con millones de posibilidades.

Ningún columnista, reportero o novelista tendrá nunca sus cambios instantáneos o sus pequeñas y constantes contradicciones tan implacablemente expuestos como un blogger. Un columnista puede ignorar o evitar un tema menos visiblemente que un blogger, que coloca sus pensamientos en píxeles varias veces al día. Un reportero puede esperar –debe esperar– hasta que cada fuente haya sido confirmada. Un novelista puede pasar meses o años antes de comunicar sus palabras al mundo. Para los bloggers, el plazo de entrega es siempre ahora. Bloguear, en consecuencia, es a la escritura lo que los deportes extremos son al atletismo: algo más libre, más propenso al accidente, menos formal, más vivo. Es, en muchos sentidos, escribir en voz alta.

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Y es así como el blogueo encontró su propia respuesta frente al defensivo contraataque del periodismo establecido. Ante las acusaciones de falta de inexactitud y falta de profesionalidad, los bloggers podían señalar el salvaje e inmediato escrutinio de sus lectores. Al contrario que los periódicos, que pueden eventualmente publicar correcciones en un recuadro apartado del error original, los bloggers tenían que corregirse en el mismo espacio y en el mismo formato que el error original. La nueva forma era más responsable, no menos, porque no hay nada que impulse más la profesionalidad que ser públicamente humillado por una torpeza. Desde luego, un blogger puede ignorar un error o simplemente negarse a reconocer sus fallos. Pero si persiste, será arrasado por sus competidores, asaltado por los comentaristas y abandonado por los lectores. En una era en que la prensa tradicional se encuentra acosada por escándalos tan distintos como los de Stephen Glass, Jayson Blair y Dan Rather, los bloggers han sobrevivido el primer asalto por su propia valía. Con el tiempo, de hecho, los altos estándares que se esperaban de parte de los bloggers con más tráfico se han convertido en mayor responsabilidad, transparencia y puntillosidad entre los poderes periodísticos que ya existían. Incluso los columnistas del New York Times se han visto forzados a admitirlo cuando se han equivocado.

El blog, desde luego, ha seguido siendo un medio superficial. Por superficial, simplemente apunto que el bloguear recompensa la brevedad y la inmediatez. Nadie quiere leer un tratado de nueve mil palabras en línea. En la red, los links de una sola palabra son tan legítimos como las diatribas de mil palabras –de hecho, a menudo son más valorados. Y, como me dijo Matt Drudge cuando busqué consejo del maestro en 2001, la clave para comprender un blog es asumir que se trata de una emisión, no de una publicación. Si deja de moverse se muere. Si deja de remar, se hunde.

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Un blog, en consecuencia, cabecea sobre la superficie del océano pero está anclado en aguas mucho más profundas que aquellas que la prensa impresa es capaz de explotar tecnológicamente. Le resta un poco de poder al escritor, desde luego. El blogger puede apañarse con menos y tener menos pretensiones de autoridad. Es –más que cualquier escritor del pasado– un nodo entre otros nodos, conectado pero incompleto sin los links, los comentarios y los rastreos que hacen la blogosfera; en el mejor de los casos, una conversación más que una producción.

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Además estos amigos son parte integral del mismo blog –fuentes de consuelo, compañía, provocación, dolor y corrección. Si tuviera que hacer un inventario del material que aparece en mi blog, estimo que una buena tercera parte ha sido generada por los lectores, y que poco más de una tercera parte de mi tiempo lo empleo absorbiendo las opiniones de los lectores, sus comentarios y consejos. Los lectores me hablan de historias que acaban de aparecer, nuevas perspectivas y contraargumentos frente a los supuestos que prevalecen. Y esto es lo que el blogueo, a su vez, hace con el reportaje. El método tradicional implica a un periodista que busca fuentes clave, las alimenta y las mantiene lejos de sus rivales. Un blogger salpica juguetonamente en un tema y reta a las fuentes para que acudan a él.

Parte de ese material –emails de soldados en el frente de guerra, de científicos que explican nuevas investigaciones, de escritores disidentes de Washington demasiado asustados de lo que puedan pensar sobre ellos en sus propios reductos sectarios– nunca hubiera salido a la luz antes de la llegada de la blogosfera. Y parte del mismo es, desde luego, material dudoso. Los bloggers pueden ser desviados y engañados tan fácilmente como los escritores tradicionales –y la vigorosa manera de comprobar las fuentes que siguen los buenos reporteros no tienen que ver con el correo electrónico. Pero te sorprenderá lo que llega sin necesidad de pedirlo hasta la bandeja de entrada del correo, y cuan útil puede llegar a ser.

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Pero escribir en este nuevo formato es una empresa colectiva tanto como individual –y las conexiones entre bloggers son tan importantes como el contenido de los blogs. Los links no sólo conducen la conversación, sino a los lectores. Cuanto más enlaces, más serás enlazado por los demás y más tráfico tendrás. El juego de la vieja prensa de sumar ceros –en el queTime se beneficia del declive de Newsweek y viceversa– se convierte en una situación en la que todos ganan. Es bueno para Time estar enlazado a y por Newsweek, y a la inversa. Una de las estadísticas más apreciadas de la blogosfera no es el número total de lectores o páginas vistas, sino la “autoridad” que obtienes al ser enlazado por otros blogs. Es una indicación de lo central que es la conversación online con la humanidad.

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De hecho, a pesar de toda esa intensa aura de sufrimiento que rodea a los periódicos y las revistas, esta es una Edad de Oro para el periodismo. La blogosfera ha añadido un nuevo dialecto al acto de escribir y ha introducido a toda una generación completamente nueva a la no ficción. Ha permitido a los escritores escribir en voz alta de forma nunca vista o comprendida antes. Y sin embargo, ha expuesto un hambre y una necesidad por la palabra escrita que, en la era de la televisión, había parecido desvanecerse.