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Be my Valentine, o cómo vender cosas rojas

El sentido del espectáculo se tiene desde que se mide medio metro. Es quizá lo que más me llame de Estados Unidos, la capacidad de hacer de cada ocasión un hecho memorable, de crear ceremonias paganas en cada instante y de convertir en acontecimiento lo que para muchos son solo anécdotas.

Ya he vivido un Columbus Day, un Acción de Gracias, un Halloween y un Saint Patrick’s. Si todo va bien este verano estaré para la fiesta nacional del 4 de Julio (y una boda, que eso también va a molar). Solo me faltará la Navidad.

El sábado, en un paseo efímero por Nueva York, además de recibir los regalitos de Giovi por San Valentín (resulta que se hacen también regalos entre amigos), flipé bastante con cómo todos los comercios se mimetizaban para la ocasión.

En España llamábamos a San Valentín San Corte Inglés. Allí tendría que ser “mi Visa se tiñe de rojo por San Valentín”. Ya me imagino el anuncio en televisión: Una tarjeta de crédito, con su carita sonriente, comienza a pasear por la ciudad y poco a poco, mengua hasta que se pone el sol y termina desangrada en algún restaurante con velitas.

Pd.: Confieso que me encantaron los pasteles de Rocco’s. Hasta Google se ha apuntado con un doodle.

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