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Felices 80, abuela

Cada vez que me enfadaba decía lo mismo: “Me voy a ir a vivir con abuelo y abuela”. Era mi refugio, mi vuelta idílica al lugar donde una vez fui feliz. Estar cerca de mi abuela me hace sentir así, aunque sigo echando de menos a quien me enseñó valores casi en desuso y una desmedida afición a los toros.

Mi abuela María, además de mi líder de opinión, es el núcleo que nos une a todo. Siempre dispuesta, capaz e impetuosa. No conozco a nadie con tanta imaginación para construir de la nada.

Gran parte de mi imaginario infantil viene de abuela, de su gorrini (un pájaro que se posaba en su hombro), del vestido llegado de Argentina que su madre deshizo para hacer calcetines a sus hermanos o de la mazorca de maíz con una tela que era su muñeca. En tiempos en que se nos ha olvidado lo que es pasarlo mal, yo me acuerdo de aquellas gafas que llevaba a la cárcel o de que los Reyes solo le echaban una naranja o una figurita de mazapán. Nunca la ha escuchado quejarse por ninguna de estas circunstancias. Mis abuelos hicieron de mí una niña abierta, feliz y que hasta que llegó al mundo real pensaba que todos los niños tenían una tía MariCarmen.

– Abuela, tengo hambre.

– ¿Qué quieres, bonita?

– Migas con chocolate.

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