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Licenciarse jugando al fútbol

Nunca pensó en terminar en la jungla de Wall Street, con traje, corbata, carreras por las calles y un café humeante en la mano cada mañana. Hace siete años la vida de Álvaro Torrecilla (Madrid, 1989) dio un vuelco. Con su MBA en el bolsillo no tiene intención de volver a España. A diferencia de la mayoría de los han estudiado en EEUU no tiene deuda con la universidad, su habilidad con el balón le abrió las puertas a una beca como estudiante. Después trabajó en Naciones Unidas durante 18 meses. “Con 18 años comencé a verlo muy oscuro, me parecía imposible combinar el deporte y los estudios”, explica. Entró a formar parte de las categorías inferiores del Real Madrid con 11 años, era media punta. Ahora mata el gusanillo en el “Liberia”, un equipo de aficionados españoles que lleva 30 años en las ligas de barrio.

A través de un familiar supo de las becas deportivas y escribió a varias universidades. La Universidad de Misuri le aceptó, tres años después fichó por Iona en Nueva York, donde hizo el máster. “La vida de estudiante aquí está hecha para disfrutar, para vivirlo con intensidad, pero no habría podido permitírmelo, un año, con manutención y residencia sale por más de 50.000 euros,” explica.

Con la intención de que más jugadores repitan su experiencia se unió a Alberto Baratas (Madrid, 1990) con quien había jugado en las categorías inferiores. Tras estudiar Administración y Dirección de empresas en ICADE montó una empresa de márketing en Internet. “Supe que no tenía posibilidades como profesional, pero seguí como ojeador”, explica. Junto formaron MIC Athletics, dedicada a hacer de intermediaria entre centros de estudios y jugadores.

Las dos eurocopas y el mundial de Sudáfrica despertaron el interés inicial. El éxito de Guillermo León, de Delaware, al que en 2013 declararon ‘rookie’ (novato) del año, les ha abierto las puertas de más universidades. En general, buscan delanteros y porteros. “Es un fútbol más físico que el europeo, tienen corpulencia pero les falta técnica y movilidad. En España no solo encuentran creatividad, sino también buenos porteros, una demarcación que les cuesta formar. Siguen las Premier y la Liga, así que saben quiénes son De Gea, Valdés y Casillas”, subraya Baratas.

El paso a la MLS (el equivalente a Primera División) es lo más complicado. “Solo permiten cuatro extranjeros por equipo. Tienes que ser un megacrac para ser profesional”.

Desde que crearon la empresa son 16 los jugadores que han emprendido la aventura. Cobran 1.995 euros por la gestión, solo si es fructífera. El contrato, por supuesto, tiene su letra pequeña, está sujeto al rendimiento académico, antes de presentarse tienen que tener aprobado 2º de Bachillerato, aunque no es necesaria la selectividad, y buen nivel de inglés. La beca les permite estudiar toda la carrera, aunque se lesionen y la cuantía puede aumentar si superan los objetivos deportivos. “Solo lo quitan por cuestiones disciplinarias, por mala conducta, ausencia injustificada”, aclaran.

Brais García Suárez (Madrid, 1992) llegó hace seis meses a Honolulu. En 2011 llegó también a Iona. En España estuvo en el Adarve, Real Madrid y Getafe. Es el delantero de su Universidad, en el campus le paran para hacerse fotos. “Te reconocen, te ayudan, te pasan apuntes, las clases son de pocos alumnos…” Este año terminará ‘International Business’, le gustaría seguir con un máster de márketing que no puede pagar con su dinero. “Serían más de 40.000 dólares al año. He propuesto seguir en el equipo y ser asistente del entrenador”, aclara. Acepten el trato o no, se siente afortunado: “Mis compañeros de clase piden créditos para poder hacer lo mismo que yo consigo jugando al fútbol. Se tiran hasta los 40 años devolviendo el dinero”.

Lo primero que le llamó la atención es cómo cambia el papel del entrenador. “No es tanto técnico, como un tutor. Si no rindes en clase, banquillo. Te pregunta por tu vida, por la adaptación y después por lo deportivo, claro”. Después, la flexibilidad académica: “El horario está pensado para que lo puedas compaginar”. La alimentación se parece a la de los deportistas profesionales, tienen su propio menú.

Jacobo Aparicio García (Madrid, 1983) defendió las porterías de la Unión Deportiva Salamanca, Las Rozas y el Rayo Vallecano en Segunda B. Cuando terminó el contrato con este último equipo escuchó varias ofertas. Ninguna le convenció: “Me tenía que ir fuera de Madrid, por lo que no podía seguir estudiando, y no me garantizaban que cobrase mes a mes. No veía nada claro”. Desde que llegó a Iona, donde cursa Comunicación y televisión, le impactó lo comprensivos que son, el horario es a la carta. De 9 a 10, va a clase. 10:30 a 12:30, entrenamiento. Otra hora más de clase, comida y dos más de estudios. Al principio sus padres recelaban hasta que vieron como le convalidaron casi todos los créditos de la doble titulación que cursaba de Periodismo y comunicación audivisual que cursaba en la Carlos III. Aparicio no se pone freno, le gustaría ser profesional en EEUU, pero sabe que en su actual equipo prima la inclusión: “Hay 15 buenos, cinco muy buenos y cinco malos, pero se juega en grupo. No se vuelven locos por la competición, sino por el desarrollo humano”.

Estudiar en Estados Unidos suele ser el primer paso para entrar en el mercado laboral. Tras licenciarse reciben un permiso de trabajo durante un año. “Si la empresa está contenta con tu rendimiento, suele arreglar los papeles para que te quedes como uno más”, indica Torrecilla.

Aunque hay becas en otros deportes, solo han conseguido que un español venga a jugar baloncesto. Con las chicas es todavía más complicado. A Torrecilla le parece lógico: “Aquí los equipos femeninos son muy fuertes. El nivel es muy alto. Las carencias que tienen en masculino no lo tienen en femenino. Tienen un palmarés acorde con su juego”.

La fiebre despertada durante el pasado Mundial de Brasil no es fruto de la casualidad. “Se está invirtiendo muchísimo en el ‘soccer’, también en Secundaria. De aquí a 10 años van a tener una Selección ganadora”, insiste García Suárez desde el campus hawaiano.

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