Volver con Air China, de mal en peor

No sé si el Gobierno de Pekín me tendrá fichada después de esto, pero la vuelta a Madrid supera la ida a São Paulo.

Menos mal que iba con Alberto de rtve.es, porque si no habría sido peor. En la cola para facturar la gente se colaba con el pretexto de «ser familia». Eso pensaba yo, que como se parecen son parientes.

Tuvimos inicialmente media hora de retras que después fue una hora y media.

Lo peor fue el momento «embarque». Los chinos viajan con niños de unos cuatro meses. Supongo que para enseñárselos a la familia cuando van a Pekín. Cuando llamaron para subir a los buses que llevan al avión. Nada de «Business Class» o mujeres con niños. Fue del estilo «maricón el último».

Cuando el avión iba a despegar, la gente pasaba de poner el asiento en posición vertical. Las azafatas se lo decían y al volverse, las burlaban. ¡De coña!

Quise hablar con una azafata y no hubo manera, no sólo no entendía inglés, sino que además me levantó la voz.

Por suerte, me tocó al compi español al ladito para poder dormir sin miedo a escupitajos.

Al llegar, casi peor. El avión hacía escala en Madrid y seguía para Pekín. Esperamos en las cintas y nada, que no salían las maletas. Después de media hora preguntamos y… ¡casi se estaban yendo!  Resulta que habían sacado sólo algunas de las que tenían que ser… Lamentable. Ya veía mi maleta en China y sin nadie con quien hablar.

En resumen: si no te importa que te traten mal, te ignoren, no te expliquen nada y además, te regañen, vuela con Air China.

Volar con Air China, toda una experiencia

Embarcamos casi puntuales. Por suerte, pedí pasillo y no tuve a nadie al lado, así que disfruté también de la ventana. Resulta que el avión venía de Pekín, hacía escala en Madrid y llegaba hasta São Paulo. ¿No sería más fácil ir por el otro lado del planeta?

El asiento no estaba del todo limpio y olía un poco acidito, pero era bastante cómodo. En cada asiento hay una pantalla, pero echan cuatro películas en bucle todo el tiempo. Dos chinas y dos yankees. El capitán nos hablaba por megafonía en chino y en inglés, aunque a veces se le olvidaba esto úlimo. Como tampoco hablaba muy claro así que…

Nada más despegar nos dieron el «desayuno», con una tortilla y espinacas. Bastante rico. Al mismo tiempo algunos críos empezaron a moverse por el avión y no pararon hasta llegar. Jugaban también con los azafatos. En una de mis visitas al baño, descubrí que un señor se había sacado un cuenco de plástico y comía los noodles. Fui a pedir agua a los «aeromozos» y tuve que esperar a que se terminaran de pelar una pera.

No lo hacían como chulería, sino con toda normalidad. Eran simpáticos, pero metidos en su rutina.

La siguiente comida me hizo más gracia. Me preguntó que qué quería «fish o chicken?». Si sólo quedaba pollo, ¿para qué me preguntas, alma de cántaro?

Me tocó una especie de sepia que ni toqué pero sí el arroz y la verdura. (Supongo que al leer por aquí mi madre ya se hacía ilusiones).

Fui afortunada porque a los que parecía compatriotas de la tripulación ni les preguntaba. O son muy resignados o igual están programados en otra frecuencia con los delfines o los silbatos para perros y se comunican por telepatía.

Como pedí Coca Cola light me la dieron de lata. Lo normal era que lo sirvieran de una botella de dos litros.

Me pidió ayuda la vecina de pasillo para rellenar el formulario de inmigración, pero no le entraba en la cabeza que yo no sé chino y ella ni español, ni portuñol, ni francés, in inglés. Al menos no era como el señor de delante de ella, muy trajeado pero aficionado a carraspear cada poco rato y dejar un regalito viscoso en la bolsa que siempre pensé era para potar.

El aterrizaje fue suave, aunque no entendí nada de lo que decía el piloto al final.