Musée Mécanique, un homenaje a las máquinas recreativas

En la entrada tendría que poner insert coin a modo de lema. En una nave junto al Fisherman’s Wharf  de San Francisco se encuentra un nave con grandes tesoros, verdaderas reliquias funcionando como el primer día. El Musée Mécanique, de los pocos gratis en la ciudad, es una sorpresa que invita a volver a la infancia y jugar con la imaginación. También a la nostalgia, ¿por qué no?

Daniel G. Zelinsky está a los mandos de esta exhibición, pero no están ahí todas las piezas. Su padre, Edward comenzó la colección cuando tenía once años. Esta familia atesora este tipo de cacharros desde 1933. Les importa la colección más que el museo. Por el Steam Flyer, una moto a vapor, les ofrecieron 250.000 dólares.

En casa conservan las más delicadas. No quiero imaginar cómo serán porque hay algunas recreaciones de ejecuciones, con guillotina francesa y sin ella, que llaman la atención. También hay recreaciones de catástrofes naturales, de incendios y hasta protoporno. Lo más curioso fue un fumadero de opio. También me gustó la diligencia.

En 2002 abrió las puertas este museo artesano del Pier 45. El mérito no está solo en la colección. Sorprende tanto o más que todos los aparatos mostrados funcionen. Basta con llevar algunos dólares, cambiarlos en monedas de un cuarto y ponerse a probar. Hay desde pruebas de virilidad, máquinas de pinball, un futbolín, muñecas como la de Big que leen la buenaventura, simuladores de conducción, escopetas, bolos y los calambres provocados por el tío Fétido de la familia Addams.

Me quedo con este recuerdo del paseo.

Y con algunas imágenes.

Allí estaba uno de mis favoritos: Bust a Move, el rompecabezas burbujero de Bub y Bob.

Pd.: Lo descubrí gracias a Ángel Jiménez. La primera visita fue junto a él. La segunda, más reposada, la mañana antes de volver a casa.

Argonaut Hotel en San Francisco

No era el hotel más céntrico, tampoco el más lujoso, pero sí uno de los más atractivos. El Argonaut Hotel, de precio algo elevado (me pagué la noche extra que pasé allí por 200 dólares), se encuentra justo en el borde del parque natural de los muelles de San Francisco.

No solo es tranquilo, con un servicio de los más acogedor, sino que además, cuenta con historia. El hotel antes fue una factoría, pero no una cualquiera. Era el lugar donde se procesaba y enlataban las conservas de «Del Monte», sí, sí, los de las piñas y melocotones de Navidad.

Dan wifi gratis a los clientes (o los visitantes que se registren en la web del hotel, aunque no se queden a dormir ni hagan gasto), una copa de vino por las tardes (se llena el hall), y sonrisas junto con las respuestas a las dudas.