En ocasiones veo carniceros

Mi infacia siempre reaparece. Ahora que veo bastante a mis primos, me acuerdo de cómo era yo.

Ya sabéis que en las primeras elecciones que recuerdo pensé que en realidad en clase nos iban a poner hámsters o tortugas. Resultó que aquellas peceras eran urnas. Mala suerte.

Dentro de mis traumas extraños están los carniceros. Me arropo hasta las cejas. Aunque sea verano. Tiene su explicación. Cuando vivía en San Fernando el carnicero al que solía ir le faltaban las orejas. No recuerdo si era una o las dos. La cuestión es que solo tenía los lobulitos. Si los moviese daría el efecto de la boca de un pececillo. Nunca supe que le pasó, solo me daba sugus cada vez que mi madre compraba por lo que desarrollé una relación de atracción-miedo bastante extraña.

Antes de saber que igual que existen los accidentes laborales, existe la mafia, trataba de encontrar mis propias respuestas. Siempre pensé que a este señor le entraron en casa y, con uno de sus cuchillos, le segaron los pabellones auriculares.

Nunca supe cómo ni porqué pero desarrollé una teoría propia en la que si dormía de un lado me cortarían la que quedaba al aire. Sí me ponía boca arriba o boca abajo era peor, era pura lotería. Podía salvar ambas o ninguna. Estas eran mis tribulaciones y miedos nocturnos infantiles (sumando los capítulos de los dibujos de dragones y mazmorras como ambientación).

El resultado es que me arropo bien y ¡a esperar que lleguen los intrusos! Supongo que ahora, de mayor ya, al carnicero los pelillos que le salgan se notarán más, por defecto, por la falta de una oreja para comparar. Tendrá a la mujer pasando la gillette todo el rato alrededor del orificio. O igual lo hace con un aparatillo a pilas.

Este verano, en Londres, di un paseo en el que no hacía más que ver carnicerías, como si lo tuviera yo poco metido en la cabeza.

Por suerte, tuve un mantra secreto para sacarlo de mi cabeza con facilidad. Calcetines blancos, risa a destiempo. Calcetines blancos, risa fea. Calcetines blancos, risa horrorosa… Así sucesivamente.  Infalible. ¿Servirá ese remedio para la gripe A? Ojalá. La de vidas que salvaríamos.

Pd.: Todavía no he logrado descifrar mi amor por las tiritas. Pero sigo con la colección

Clembuterol, adrenalina y otras sustancias directas al corazón

Una carne de Irún. Podría haber sido de cualquier lado. De Castilla… Qué sé yo. Adiós a una ilusión sobre ruedas.  La mía. La carne, me refiero, sé bien de dónde vino. Se me hizo bola, se me atragantó. O quizá, se fue por mal sitio. Las ilusiones me las creo solita. Con la imaginación, no lo niego, tengo mi peligro.

Vino de mi inconsciencia, de mi gusto por vivir cada día como si fuera el último y de sentir cómo se sube el estómago a la boca en cada salto al vacío. Dicen que es adrenalina, crea adicción.

Eso es lo que ha nutrido mi corazón este verano. Dosis y dosis, de las XXL de adrenalina. Como cuando John Travolta metía una jeringa en el pecho de Uma Thurman. Mientras que el de mi abuela se marchita, el mío encadenaba los pálpitos, desbocado. Así cabalgaba mi ventrículo izquierdo, invitando al derecho a una y otra vez. Echaba cruzar los campos -lorquiana que es una- sin bridas y sin estribos. Sístole, diástole, sístole, diástole… uf uf uf , cada vez más rápido hasta confundirse.

Moraleja: Señora, la próxima vez que el carnicero le regale Sugus a la niña, desconfíe del género. Se lo dice una amiga. En confianza. Que si no, se repetirá este musiquilla en su mente:

I was a butcher cutting up meat
My hands were bloody I’m dying on my feet

Por tu tristeza, sin duda.

Me encantaba cuando Gomaespuma decía: «triste, que eres un triste». Lo oigo una y otra vez en la cabeza y me da risa.

Motivación: recordar cuando la Naranja Mecánica (¡esos Zafra!) me dedicaban una versión de esta canción. Hacía frío en la plaza hoy…

Nota mental: retomar el blog, ¡en serio!